Adiós Blackberry...
Hace ya casi tres meses que decidí dejar mi trabajo en una empresa de consultoría en Washington, DC en la que estuve más de ocho años. Fue entonces cuando deje de utilizar el Blackberry que me había acompañado a todas partes (literalmente, incluyendo la cama y el cuarto de baño) por varios años. La verdad es que ahora no lo echo de menos.
Tras vivir en Barcelona durante doce años, ocho más en Washington, DC llegó la hora de probar algo nuevo. Ahora vivimos en Madison, Wisconsin. Aunque tengo un teléfono móvil no tengo un Blackberry que me hacía sentir culpable cuando no leía mi correo electrónico cada cinco minutos. Ahora nadie espera que este leyendo mi correo a las diez de la noche o durante el fin de semana, y nadie, absolutamente, nadie, espera que le responda.
La transición no fue fácil. Como dejar de fumar, uno tiene el mono por una temporada y poco a poco, con fuerza de voluntad, puede eliminar esa dependencia. Ahora puedo ver un programa de televisión o leer una revista sin estar mirando de reojo al Blackberry para ver si la luz verde intermitente (que indica que hay cobertura) se transforma en color rojo (que indica que un nuevo mensaje ha llegado).
Ahora que he puesto un poco de distancia me he dado cuenta de que la cuestión no tiene nada que ver con el Blackberry sino con la manera de trabajar de cada uno, de la organización a la que pertenece y de los malos hábitos a los que rápidamente tendemos a acostumbrarnos. Cuando uno responde a los mensajes de forma casi inmediata, independientemente de dónde este en el mundo e independientemente de la hora, sucede que, además de no dormir bien, hace que todo aquel que te escribe espere que se le responda inmediatamente. Cuando en una organización todas las personas con las que uno interactúa empiezan a responder casi inmediatamente, esos hábitos pasan a ser parte de la cultura de la organización. Aquellos que se van incorporando cuando esa cultura ya está instaurada tienen únicamente dos opciones: se adaptan a ella o no encajan en la organización, y entonces un mecanismo de eliminación implacable se pone en marcha. Que bueno que ya no es esa mi cultura y que bueno que ya no soy parte de ese mecanismo de eliminación.
No me malinterpretes, no quiere decir que esté en contra de esa tecnología, sino que para mí, en este momento de mi carrera profesional y de mi vida personal, no es la cultura adecuada. Si para tí lo es, disfrutala!.
Tras vivir en Barcelona durante doce años, ocho más en Washington, DC llegó la hora de probar algo nuevo. Ahora vivimos en Madison, Wisconsin. Aunque tengo un teléfono móvil no tengo un Blackberry que me hacía sentir culpable cuando no leía mi correo electrónico cada cinco minutos. Ahora nadie espera que este leyendo mi correo a las diez de la noche o durante el fin de semana, y nadie, absolutamente, nadie, espera que le responda.
La transición no fue fácil. Como dejar de fumar, uno tiene el mono por una temporada y poco a poco, con fuerza de voluntad, puede eliminar esa dependencia. Ahora puedo ver un programa de televisión o leer una revista sin estar mirando de reojo al Blackberry para ver si la luz verde intermitente (que indica que hay cobertura) se transforma en color rojo (que indica que un nuevo mensaje ha llegado).
Ahora que he puesto un poco de distancia me he dado cuenta de que la cuestión no tiene nada que ver con el Blackberry sino con la manera de trabajar de cada uno, de la organización a la que pertenece y de los malos hábitos a los que rápidamente tendemos a acostumbrarnos. Cuando uno responde a los mensajes de forma casi inmediata, independientemente de dónde este en el mundo e independientemente de la hora, sucede que, además de no dormir bien, hace que todo aquel que te escribe espere que se le responda inmediatamente. Cuando en una organización todas las personas con las que uno interactúa empiezan a responder casi inmediatamente, esos hábitos pasan a ser parte de la cultura de la organización. Aquellos que se van incorporando cuando esa cultura ya está instaurada tienen únicamente dos opciones: se adaptan a ella o no encajan en la organización, y entonces un mecanismo de eliminación implacable se pone en marcha. Que bueno que ya no es esa mi cultura y que bueno que ya no soy parte de ese mecanismo de eliminación.
No me malinterpretes, no quiere decir que esté en contra de esa tecnología, sino que para mí, en este momento de mi carrera profesional y de mi vida personal, no es la cultura adecuada. Si para tí lo es, disfrutala!.
Etiquetas: Blackberry, Madison (Wisconsin), Tecnología, Washington DC


1 Comments:
Pues si Miguel, estoy totalmente de acuerdo contigo y creo que los dispositivos móviles y sus funcionalidades (sms, fotos, llamadas, melodías generalmente horteras, el e-mail ...) son absolutamente intrusivos (¿qué estamos haciendo yendo al baño con la palm, o viendo el cooreo cuando estamos en casa con la familia?) y descargantes de responsabilidades ("...te envié un e-mail..", "...te adjunto el documento para que le eches un vistazo...")en definitiva irrespetuosos, pero como dices por lo mal que los usamos. Lo malo es que cuanto más se amplían en funcionalidades más aislan: ahora la TV, el MP3, los juegos... ¿Y qué pasa fuera de ese mundo?
Como a ti, me encantan todos los "cacharros" electrónicos y me fascina la web y el e-mail pero me impuse el tratar de usar la tecnología racionalmente. Me sonreía antes al leer tu artículo con lo que cuentas de las respuestas poco menos que instantáneas a los mails. ¿Por qué tanta urgencia con todo? No nos estaremos precipitando en muchas ocasiones al tratar de aprovechar la inmediatez/velocidad que proporciona la tecnología? No sería mejor "desconectarnos" un poco y pensar mas?
Te felicito por tu decisión; espero que tú y la familia estéis bien y te mando un fuerte abrazo (Angel Ruiz; angelruizmail@gmail.com)
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